19 de septiembre de 1971

Y aprovechando que hablo de muertes en el fútbol, les dejo el mejor cuento futbolístico de la historia. Es de Roberto Fontanarrosa y lo descubrí gracias a Enric González.

19 de septiembre de 1971

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Tragedias…

La violencia aprovecha puntos frágiles y vulnerables para atacar, uno de ellos es la afición. Mientras más personas se reúnan, más muertos habrá. Así lo pensaron el domingo los miembros somalíes de Al Qaeda que atentaron en Uganda mientras cientos de aficionados veían la final de fútbol del Mundial de Sudáfrica. Este tipo de cosas siempre me recuerdan a mi autor favorito Ernesto Sabato con su genial frase: “Que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita demostración”. Basta mirar la foto.

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Derrotas

Dice Javier Marias que las victorias duran 48 horas, después ya nadie las recuerda. España está en ese proceso. Todavía queda la resaca de ser campeones del mundo por primera vez, pero en dos o tres días más se evaporará la sorpresa y formará parte de la cotidianidad.
Las derrotas sin embargo se quedan grabadas para siempre. Se entierran en la memoria individual y colectiva. Es como un trauma infantil con el que te sigues tropezando aunque pasen los años y te impide crecer. España es el vivo ejemplo. Muchos no se pueden creer que la Roja haya ganado después de 90 años de fracaso. Una tradición de perdedores abraza la gloria por primera vez. Y si que es bonito. Sólo basta ver las imágenes para entender lo que significa ganar y querer hacerlo. España pasó por una terapia de nueve décadas para poder superar sus traumas, dejó de repetir sus patrones y se reinventó (gracias a Cruyff, Guardiola, Luis Aragonés y Del Bosque).
Sin embargo me gustan los perdedores. Los que no son héroes y talvez deberían serlo. Aunque estaba con España por su inocencia y estrategia en el campo, me duele la tercera derrota de Holanda en un Mundial. Siempre me conmueven las historias que involucran un “casi”, un “tan cerca pero tan lejos” y una consecuencia trágica del destino. Talvez fueron sólo tres minutos los que lo separaron del triunfo, talvez habrían ganado en penaltis, talvez si hubieran jugado bonito habría vuelto a ser la Naranja Mecánica y se habrían impuesto a la Furia Roja. Talvez si no hubiera jugado De Jong o si no los hubiera consumido el miedo, Schneijder no se habría enojado con el árbitro, ni lloraría por la derrota. Sólo talvez…

Era la tercera vez que luchaban por el título y se les fue de las manos. Los 116 minutos del partido contra España quedarán grabados en el córtex temporal del cerebro de los holandeses (allí se guardan los recuerdos). Se suman como una película más de derrota. Es más difícil olvidar lo que duele que lo que nos hizo felices. España se normalizará en cuestión de horas. Holanda se quedará con un trauma más. La victoria es efímera pero la derrota es perpetua.

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El barrio rojo

Cuando hablaron mal de su selección (Alemania) salió del bar de muy malas formas, insultando a los dos italianos que presumían de la superioridad histórica de Italia y de cómo Alemania no lograría ganar el Mundial de Sudáfrica. “Italia ha ganado cuatro, Alemania (tres) nunca estará a nuestro nivel”, decían a pesar de que este año ni siquiera lograron pasar de la fase de grupos y fueron eliminados por Eslovaquia.
No lo soportó más. Un par de italianos borrachos lo estaban humillando en su propio país. La ira subía por sus venas, estaba a punto de golpear a uno pero mejor se marchó. Los otros no paraban de burlarse de él y de hacer referencias históricas sobre el calcio. El cantinero, que lo vio todo, sólo se reía de la discusión y se dedicaba a servir otro par de whiskys. Pasó más de media hora y cuando ya habían olvidado el asunto y se dedicaban a hablar mal de sus mujeres, el alemán de 42 años, fiel seguidor del Bayern de Munich, regresó con un revolver y tiró del gatillo.
Al italiano más burlón le llegó la bala a la cabeza y murió al instante. El otro terminó en el hospital. El camarero tiró el whisky y se moría de miedo. Los demás borrachos no se inmutaron. El hincha alemán salió corriendo, tiró la pistola y se fue a tomar otra cerveza en otro bar, lejos del barrio rojo de Hannover, acostumbrado a la prostitución y a la violencia, aunque rara vez producto del fútbol.
El alemán se fue feliz, con la sensación de haber hecho justicia ante dos ignorantes, cuyo equipo había sido humillado en sólo tres partidos. Ahora, sólo le quedaba esperar al miércoles para disfrutar el triunfo de la Mannschaft y ver a España temblar ante esa gran máquina de goles. Para entonces ya no recordaría lo sucedido.

NOTA: El hecho es real, los detalles son producto de mi imaginación.

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Fuera de juego

Según la FIFA, un jugador está en posición de fuera de juego si está “más cerca de la línea de meta contraria que el balón y el penúltimo adversario”. Si esto llega a suceder en el campo contrario (obviamente no aplica en el propio), todas las jugadas son invalidadas. Nada cuenta. No importa que sea un jugadón, que el delantero burle a cinco defensas y logre chutar, que le robe el balón de las manos al portero y marque. Que con ello, provoqué el estadillo de la afición, la locura, sus lágrimas, gritos y prácticamente arme una revuelta. No cuenta.
No importa que se jueguen la clasificación. Es irrelevante si está de por medio la final, que estén en el último minuto, que todo dependa de ese gol en fuera de juego. Si el jugador cometió el estúpido error y el árbitro, o mejor dicho uno de los ayudantes del árbitro, lo capta (cosa que no es nada fácil) toda la jugada, toda la emoción y en muchos casos, todo el futuro del equipo, queda anulado.
No voy a hablar del caso de México (que pasó lo contrario, validaron un fuera de juego a Argentina) o de Inglaterra (a quien le acusaron de fuera de juego cuando no lo fue contra Alemania). Hablar de injusticias, culpas, errores arbitrales y la maldad de la FIFA está de moda. Normal, después de todo lo que ha pasado en el Mundial, pero no quiero hablar de eso, porque me voy a poner existencial. Quiero hablar del concepto de fuera de juego que, me atrevo a decir con miedo a exagerar, me parece poético.

Es una línea imaginaria la que determina todo. A través de ella, se determina que es real y lo que no es. Si el gol fue cruzando la línea, entonces no es real. Si nunca se cruza, todo es perfecto y legal. Es válido. El fuera de juego es un factor mínimo y absurdo que determina un 70% de todo lo que pasa en el campo.
En el momento decidirá el gol, lo que a su vez afectará el ánimo de los jugadores, su motivación, sus nervios. Después definirá el resultado del partido, lo cual calibrará la clasificación, que inmediatamente influirá en la afición, que se decepcionará de los jugadores y los clubes se interesarán o no en ellos y en agosto, se hablará de fichajes y algunos que tenían un gran futuro tendrán uno normal y así sucesivamente.
A lo que me refiero es que es una línea la que determina toda esto. Si lo haces bien y te marcan fuera de juego te jodes por un factor externo al tuyo. Si marcas y el árbitro idiota no vio el fuera de juego, celebras mientras los contrarios lloran. Es un límite imaginario, pero a la vez, es incontrolable.
Uno forja su propio destino. El éxito o el fracaso depende de uno mismo. En teoría, nosotros lo controlamos a falta de líneas imaginarias que determinan lo que es bueno y lo que es malo. En la vida no hay vuelta atrás. No hay un árbitro que con su decisión pueda borrar algo que estuvo mal hecho. Es sólo que a veces me gustaría tener un juez de línea a mi lado que me marque hasta donde ir e invalide las cosas cuando me exceda del límite.

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M.

Fue demasiado rápido para soportarlo. La fama, las mujeres, la popularidad. La primera vez que M. chutó un gol fue una especie de milagro que lo llevó a la cima en menos de 10 segundos. Nadie se lo esperaba. Esquivó a tres del equipo contrario y marcó con una chilena. Fue un martes. Tenía seis años.
Sus piernas eran una especie de máquina sobrenatural. Le apodaban el “Rayo” por lo rápido que se movía. Después de aquel día en el recreo del colegio, M. supo que su vida había cambiado. Ya no tendría que estudiar, su vida sería más fácil, no tendría que caer bien a nadie, la gente pelearía por juntarse con él. Sería futbolista y de los más grandes, superaría a Maradona y a Pelé.
Así empezó M. una carrera en el mundo del fútbol, de la fama y de la perdición. Los cazatalentos lo vieron. Los mejores clubes se peleaban para tenerlo en la cantera. Las niñas que no le hablaban en el colegio por creer que era feo ahora lo perseguían y querían acompañarlo a sus viajes dentro y fuera del país. Era el más popular de la escuela. De repente hacía comerciales para las mejores marcas deportivas y comía con otros igual de famosos que él.
Sus padre renunció al trabajo, su madre se compraba la mejor ropa y su hermana mayor por fin se sentía orgullosa de él. El “Rayito” les había resuelto la vida. Ya no tenían que sufrir más, M. tenía una fortuna en la pierna derecha y nadie le iba a impedir triunfar.
Sólo la máldita suerte se interpuso en su camino. Sentía un dolor en el pie derecho. En la uña. Estaba enterrada. Pero por tratarse de una uña, lo ignoró durante meses hasta que un día no pudo más. La uña se había incrustado hasta el fondo de su dedo y había causado una pequeña infección, con el tiempo creció y terminó en gangrena. Tuvieron que cortarle el dedo.
M. no lo podía creer. Su familia tampoco. Agradecían que todo estuviera bien y no fuera peor. Podría jugar al fútbol sin un dedo.
Pero no fue así. En menos de un año todo se acabó. No podía correr tan rápido. Ya no sabía hacer chilenas. Empezó a perder partidos. Ya era sólo un futbolista más entre cientos de profesionales. Con esa uña M. perdió lo que le hacía especial. Las chicas se fueron, las marcas también y el siguiente año, el club que había cambiado su vida, lo echó por un jugador más joven que tenía todos los dedos de los pies. Mario Vázquez Molina dejó su carrera como futbolista a los nueve años.

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El Tri

No tengo experiencia en Mundiales. Este es el primero que veo. Sólo recuerdo cuando Francia ganó en1998 porque en aquel entonces era adicta al Nintendo. Yo siempre era Brasil, pero en cuánto Francia fue campeona del mundo todos querían ser Francia. Si escarbo en mi memoria creo que también recuerdo el Mundial de 1994 porque cuando jugó México nos dejaron salir de clase (sí, en un colegio católico nos dejaron salir de clase para celebrar la victoria de México, no sé contra quien).
Mis pequeños flashbacks sobre Mundiales me llevan siempre a la celebración. Al Ángel de la Indepencia. A las bocinas de los coches sonando. A la gente vestida de verde y blanco y rojo, con la cara pintada, banderas por doquier y abrazos con cualquier persona que esté a lado. Lo mejor de todo es la famosa ola mexicana, que ya se puede apreciar en los estadios de Sudáfrica y que caracteriza a la afición mexicana, haciéndola una de las más divertidas.
Sólo hay dos cosas que unen a México: el Tri y la Virgen de Guadalupe. No importa el color, el dinero, la clase social, la profesión. Criminales, ricos, políticos, religiosos, amas de casas, estudiantes de canto, taqueros, vendedores de periódicos y actores se rinden ante los pies de la selección y de la Virgen. Es sólo un México aliado al fútbol y al catolicismo.

Yo nací en el 86, en el Mundial de México, cuando por segunda vez, después del 70, la selección hizo un papel digno. Después nunca hemos pasado de octavos. Pero la emoción que se vive cada vez que juega el Tri vale la pena. La falsa ilusión del si se puede. Aquellos que no saben nada de fútbol y que en el fondo lo odian, se convierten en hooligans tricolor, que lloran cuando México pierde y corren al aeropuerto a recibir a aquellos que son los héroes nacionales. En el fondo, sabemos que nunca van a ganar. Pero esa esperanza ficticia hace que por un momento todos sean uno y se olviden del secuestro, el narcotráfico y todos esos males que joden tanto al país y que nos hacen famosos a nivel internacional.
Es un absurdo. Pero es un absurdo feliz. No conozco otros países pero al menos en España no es igual. Aquí la gente prefiere que gane su equipo (Real Madrid, Barcelona, Valencia, etcétera) a que la Roja se corone (obvio, la mayoría apoya a la selección, pero no es el mismo tipo de afición).
José Woldenberg publicaba la semana pasada un artículo titulado ¿Y si México gana el Mundial? en el que auguraba el desastre surrealista que sería para el país si esto sucediera en realidad.
A los mexicanos nos gusta vivir en el dramatismo. La emoción y después la decepción. En nuestro fútbol se puede apreciar el miedo a combatir de frente, siempre jugando abajo, temiendo que nos roben el balón. Si el fútbol ya es dramático para los mexicanos es trágico. Todo es una telenovela.
Lo bueno es que también tenemos memoria a corto plazo y una fe ciega. Después del drama de perder –es probable que no lleguemos ni a octavos a menos que ganemos hoy a Francia–, volveremos a creer, a recordar el sí se puede y a hacer la ola con miras a Brasil 2014 y todo esto se repetirá una y otra vez por el resto de nuestra historia futbolística.

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